Saltar al contenido

Castañas en la cocina

Lo que pasa cuando las castañas ya están en casa: el corte antes del fuego, la piel que se resiste, los días que aguantan y qué hacer con las que sobran.

11 artículos

Casi todo lo que sale mal con una castaña se decide en dos momentos. El primero es el corte: sin una incisión que atraviese la cáscara, la castaña se convierte en una olla a presión y revienta, y eso vale igual para el horno, la sartén, el microondas y la freidora de aire. El segundo es la temperatura a la que se pela, porque la piel interior —la que amarga— se despega mientras la castaña quema y se agarra en cuanto se enfría.

El resto es método, y cuál te conviene depende de lo que tengas encima de la encimera. El horno es el más constante y el único que asa una bandeja entera de una vez; la sartén agujereada da el sabor del magosto y pide movimiento; la freidora de aire hace una capa, y una capa nada más, porque las castañas amontonadas se cuecen en lugar de asarse; el microondas es el atajo que nadie recomienda para una cena y que salva una merienda. Y si la piel se resiste, está el truco del congelador.

Y luego está lo que sobra. La castaña fresca es fruta, no fruto seco: lleva agua, respira y se pudre dentro de una bolsa cerrada, así que guardarla bien es media temporada más de castañas. Lo que queda al final del saco se convierte en crema —dulce para untar o salada para cenar— o en harina, que es la forma que tiene la castaña de durar hasta la primavera.

En la tienda

Usamos cookies, pocas y con permiso

Solo usamos el almacenamiento técnico imprescindible para que la tienda funcione: tu cesta, tu idioma y esta elección. Las cookies analíticas y de marketing están desactivadas hasta que tú decidas.

Más información en la política de cookies y en la política de privacidad.